La ciudad escrita: el espacio entrerriano en la literatura

¿Qué es la ciudad? ¿Qué es el espacio? Más aún ¿qué es el espacio urbano? ¿Qué es el espacio urbano que ha sido escrito? Podemos pensar que las ciudades son un conjunto de decisiones políticas, la arena del encuentro y el desencuentro de los vínculos sociales, el lugar de las fisuras, de las fragmentaciones, pero también un campo de significados que a lo largo de la historia ha ido mutando y recreándose según la hayamos mirado: todas las artes – ¿o podríamos decir mejor “todos los sentidos”?- se han ocupado de la ciudad como lugar rico en significados. Nombrar una ciudad en un texto es darle una forma. El cine las ha recreado, hainventado ciudades nuevas; la fotografía la ha inmortalizado y la literatura la ha relatado, refundado e incluso inventado a través de las palabras.

Las ciudades han sido motivo, escenario y disparador de muchas de las obras de la literatura. Las obras literarias sobre las ciudades latinoamericanas, sobre todo, han contribuido a forjar el imaginario de nuestros espacios. Tanto ficticias como reales, las ciudades han sido protagonistas de numerosas obras literarias.

En este número, ESPACIOS se anima a explorar cómo, desde las letras, las ciudades entrerrianas han sido plasmadas y resignificadas; y cómo se han vuelto papel para ser hoy ciudades leídas que nos permiten conocer quiénes fuimos.

 

La escritura urbana de las penumbras

“La calle sucia tiene esta noche un baño de palabras estiradas en canción”

A principios de siglo XX, Paraná (que había sido en el siglo anterior, capital de la Confederación) era parte de la consolidación de un modelo ya instalado: desde el
último cuarto del siglo XIX el país entra en el escenario internacional como exportador de carnes y cereales y la población crece por la masiva corriente inmigratoria y se concentra, por lo tanto, los grandes centros urbanos del litoral y -de Buenos aires como ciudad comercial y manufacturera-.

En Paraná, como toda ciudad con puerto, desembarcan todo tipo de visitantes de paso y no tanto. Y las casas de tolerancia  -como se las supo llamar- eran parte del escenario de principios de siglo. Nicolás Jozami, un escritor y periodista que murió tres años después de publicar su libro, a los 27 años, fue quien, con agudeza de observador, plasmó la vida en los cafés y burdeles de una zona de la ciudad de Paraná: la calle Diamante.

Diamante es una calle que atraviesa la zona del Cementerio Municipal y llega –con otro nombre- hasta la Alameda de la Federación, cercana al Parque Urquiza. Calle Diamante se recrea en Jozami como “la calle sucia”. Allí, lugares  como La Maison Francesa, El Rancho Radical, Gato Negro, La Gata Blanca, El Farol Rojo, eran los epicentros donde se congregaban quienes iban en busca deplacer. Y Jozami la recrea diciendo que es la calle “con un nombre caro”; puesto que antes de llamarse Diamante –“nombre robado a algún tallador alemán de piedras preciosas”- se llamó Unión.

Dar vuelta una esquina cualquiera y llenarse los deseos de deseos

Dar vuelta una esquina y topar con cinco farolitos que hacen guiños internacionales y se desesperan por no dormirse hasta las dos de la madrugada […]

Y con la puerta de un boliche que respira niebla de malas palabras y voces de bandoneones bastardos y descuadrilados.

Y con una vereda breve

Y con un bostezo de arroyo

Y con un hombre encorvado dentro de la capa de su propia miseria”

Jozami describe pormenorizadamente no sólo un rincón de la ciudad de principios de siglo: pinta, a pies juntillas aquel entramado que comenzaba a conformarse con la modernización del país, de la conformación incipiente de la metrópolis, con reflexiones similares a las conocidas Aguafuertes Porteñas de Roberto Arlt, acerca del Buenos Aires de la misma época. Jozami habla de las Madame Suzanne; de Madame Tosca, de Margaret, de quien, se sabe según los archivos, era de nacionalidad francesa y regenteaba el Gato Negro, “de calle Diamante 193”.

“Calle Diamante. Diamante con cincuenta facetas. Cincuenta facetas con cincuenta laberintos de matices”.

La Paraná de Jozami no es la del paisaje bucólico ni ribereño. Quizá no sea tampoco en clave de contemplación, ni de idealización del paisaje.  Es urbana. Es de la noche y la penumbra. Es el de la concreción de los placeres y de la ilegalidad de los prostíbulos –en ese entonces, legitimados-.

“Este vigilante que se detiene en la esquina –Bavio y Diamante- es un afiche del orden.

[…]

Es de esta manera sencilla como la seccional segunda coloca su propaganda de orden bajo la nariz misma de la calle sucia y como la buena gente puede inflar sus pantalones burgueses con aire de confianza. Y pasar… y volver…”

 

El paisaje que rasga el texto

Las letras Juan Manuel Alfaro, autor nogoyaense, han sabido replicar y recrear los espacios entrerrianos con fino detalle. ESPACIOS conversó con él para poder bucear en el modo en que su espacio vital se inmiscuye en las letras porque no son escenario de la acción, espacio objetivado, marco del devenir. Son, como dice el propio Alfaro “su ser”.

 

ESPACIOS—Nació en Nogoyá, pero vivió en Algarrobitos ¿de qué manera influyó ese espacio pequeño en su infancia?

JUAN MANUEL ALFARO —Sí, viví mis primeros años en Algarrobitos, que es una zona rural del departamento, a cuatro leguas de  la ciudad, a la que, entonces, le decíamos “pueblo”. Ir a Nogoyá era “ir al pueblo”. Esos espacios, tanto el campo, como el pueblo, fueron decisivos en mi formación y, luego, se verán reflejados en mi escritura. Por aquellos años (nací en 1955 y fuimos a Nogoyá en los 60), la pequeña ciudad era un mundo de espacios abiertos. Tenía una gran vida la vereda, no sólo para los juegos (las bolitas, las figuritas, las rondas), sino también para el solaz y el encuentro de los mayores, para el diálogo, para el relato familiar: al atardecer o al anochecer, la gente sacaba las sillas a la vereda. Otro espacio de mucho protagonismo entonces era el baldío, “el campito”, como le decíamos. En todos los barrios había terrenos baldíos “habituados” al fútbol, marcábamos la cancha con cal y, como digo en un poema “una pelota brillaba en el centro del mundo”. También el campito era el espacio en el que remontábamos las cometas, que es como decir que desde un espacio abierto, como el baldío, levantábamos los ojos al gran espacio abierto que cubría todo el pueblo y que, entonces, era visible en su plenitud y, en la noche, “se daba una panzada de estrellas” absolutamente increíble. Nogoyá entera se podría decir que era una ciudad abierta al campo, pues desde cualquier punto se podía llegar caminando, en poco tiempo, a los sembrados, al arroyo, a los puentes, a las alamedas.

“Existen tópicos, lugares recurrentes, constantes en la literatura de Entre Ríos. Y el paisaje es uno de ellos, esencial, tal vez el más frecuente. Y, en general, es el paisaje rural o suburbano. La “provincia”, desde Carlos Mastronardi (y, aún antes, desde Daniel Elías) y con el todo Juanele, es una provincia de luz en la literatura. La luminosidad de Entre Ríos, los cielos límpidos, inabarcables, la “suave melodía de curvas” de su relieve, el “fresco abrazo” de las aguas. Y las ciudades aparecen menos y, cuando esto sucede, son más bien lindantes con lo todavía agreste, todavía puro. Afortunadamente, casi como en Nogoyá, en Entre Ríos, en cualquier punto de Entre Ríos, ¡uno camina un poquito y está en el campo!”

Juan Manuel Alfaro

E—¿Dónde puede verse plasmado el espacio en sus palabras? 

JMA—Sin dudas, en mis poemas y en mis cuentos aparecen esos espacios. En mi libro, “Las borrajas azules”, por ejemplo,  está presente el ámbito rural, la galería y los patios del hogar campesino, los linares, el tajamar, las arboledas y, también, los espacios ciudadanos, sobre todo suburbanos: el campito, las calles de tierra y arboladas y algo muy significativo: “la chimenea de la fábrica”, que agrega un detalle creo que más que interesante para caracterizar a la ciudad de entonces, en general de casas bajas, sin edificios de varios pisos. “De lejos –digo ahí- la chimenea de la fábrica  era lo más notorio de mi pueblo”… las torres y el campanario de la Basílica Nuestra Señora del Carmen, los silos de un molino y la chimenea, sin dudas, eran los puntos altos del pueblo.

 

E—¿Con qué herramientas del lenguaje Ud reconstruye esa ciudad, esa calle, esa casa? ¿a través de metáforas? ¿a través de la acción?

JMA —Bueno, esos espacios van apareciendo en la escritura no para “enmarcar” o “ambientar” los sucesos, sino porque forman parte de mi propio ser. El niño que fui, “fue” en ese paisaje, en esos espacios. Uno salía al patio, a la vereda, al campito, al espacio interminable. Y, en cierto modo, no lo reconstruyo, sino que, simplemente, lo digo en lo que soy, o desde lo que soy y que mucho tiene que ver con lo que me dieron esos espacios: sobre todo, la libertad, la sensación de la constante novedad del mundo…

En cuanto a las herramientas del lenguaje, todas las que puedo manejar: la imagen, lo sensitivo, el ritmo ajustado (o liberado, según se vea) lo más naturalmente posible a la circulación vital. La metáfora, sí, claro, pero, en lo posible, una metáfora en la que se vea como en el agua.

 

 

 

 

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